La educación formal de hoy adiestra a las personas para concebir el trabajo de un solo modo: como asalariado, es decir, en relación de dependencia. En el “mundo de asalariado”, donde todos culturalmente vivimos, se encuentra naturalmente escindido el sentido de la vida del sentido del trabajo. Este último, en general, no tiene sentido y consiste en una mera actividad mecánica y automática. Por ende, en tal mundo solo tiene algo de sentido vital el tiempo ocioso, enteramente vacío, que no es laboral, es decir, las vacaciones, los descansos y disfrutes de fin de semana. De este modo, a lo largo de tantos años en que habitamos el mundo del asalariado, va haciéndose rígida en nosotros la idea de que vivir con sentido y plenitud o, al menos, de que la vida ideal y deseada, consiste solo en transitar el ocio vacío característico del descansar, del disfrutar y del pasarla bien. Así las cosas, la educación formal se ha asegurado un sistema de alienación sin escape: cuando el hombre trabaja, ese trabajo no tiene ninguna relación con el sentido de su existencia. Cuando no trabaja, incluso cuando ya se ha jubilado, el añorado descanso ocioso, vacío y sin real sentido existencial se configura como la vida ideal y añorada. Vacío cuando trabaja y vacío cuando no trabaja, de este modo, el hombre, transita sus días por la tierra. Y todo gracias a la educación formal, el dios perverso secular que merece morir, pero que todos defienden con uñas y dientes.

Hugo Landolfi
Filósofo

Referencias:
El corto “Alike”
Libro “Educación para la fragilidad” de Hugo Landolfi.