La escuela formal de hoy posee un método educativo rígido y fosilizado, que en verdad no es educativo sino adiestrativo, escasamente predispuesto al cambio, cambio que favorecería el abandono de tal rigidez. Tal escuela de hoy se interesa poco, no solo por la subjetividad de los aprendices en cuanto a sus intereses existenciales más superficiales o más profundos, sino que tampoco se interesa por sus modalidades propias de conocer y de comprender, modalidades que se encuentran fundamentadas en la configuración de su subjetividad cognitiva, donde participan todas sus dimensiones humanas, es decir, donde participa su “estructura existencial”, si hablamos utilizando el término gadameriano, pero incorporando a tal estructura existencial los aportes del pensamiento de Clare Graves.

La normalidad transformada en patología

Esto significa que un sistema educativo tal, sistema que contendrá y se guiará por una concepción a priori y estandarizada de cómo se supone que deba funcionar y llegar a ser el ser humano que es el alumno, considerará sencilla y naturalmente como patológico, cualquier funcionamiento intelectual o psicológico que no se adapte a dicha pre concepción. Obviamente, la concepción de tal cosa como patológica es esencialmente errónea. Lo que sucede al respecto en la escuela de hoy en día, con la complacencia de irreflexivos maestros y padres, es que niños y adolescentes perfectamente normales en su constitución, pero que poseen un modo de entender, de comprender y de interesarse por el aprendizaje diferente al de la media de los alumnos, son considerados como poseyendo una ignota e insospechada patología mental o psicológica, para la resolución de la cual usualmente se los medica con fármacos de origen psiquiátrico, fármacos que no hacen más que disminuir o, directamente, aniquilar, la valiosa individualidad personal de esos niños o adolescentes.

Es decir, se les da un medicamento para matar lo que en ellos hay de genial, de diferente y de especial. Es decir, se mata aquello que la educación debería especialmente cuidar y ayudar a desarrollar.

Medicar a los alumnos para adormecer su alma

Los métodos rígidos de la escuela formal de hoy, conjuntamente con la indiscriminada y, usualmente equivocada, distribución masiva de medicamentos psiquiátricos, métodos concebidos siempre a priori de la contemplación de la riqueza vital y constitutiva de cada aprendiz en particular, aprendiz que es una persona y no un mero animal, con todo lo que eso implica, están, literalmente, aniquilando lentamente y día a día, a millones de niños y adolescentes en todo el mundo, con el aval conformista e irreflexivo de los propios padres, de quienes no puede admitirse bajo ningún punto de vista que no adviertan el alto grado de personalización e individuación de sus propios hijos. Además, por esto mismo, es inadmisible que tales padres se muestren, no solo de acuerdo, sino que muchas veces soliciten a gritos, que su hijos sean medicados para que se adapten a la media domesticada. Este sutil pero brutal sistema de opresión apabullante, de aplastamiento de la genialidad humana hasta que ya no quede nada, de indiferencia ante los cuestionamientos vitales de cada niño o adolescente, de indiferencia ante sus preguntas constantes e vitalmente importantes, está matando en vida a nuestros niños y adolescentes bajo el aplauso social encarnado en padres, abuelas, profesores y maestras los cuales, sin exagerar, se han constituido, tal vez sin advertirlo del todo, en los carceleros y verdugos de todos estos seres humano en vía de formación.

El ser humano que pudo haber sido

Cuando, llegados a la adultez, de esa vitalidad existencial constitutiva que tenía cada niño o adolescente, de esos intereses vocacionales propios, de esa creatividad inherentemente natural, de esa humanidad genial y pujante que, aun en potencia, que quiere llegar a ser lo que desde sus entrañas pide a gritos llegar a ser, no quede casi nada, con gestos adustos, como si en verdad nos importara, nos preguntaremos:

  • ¿Qué sucede con nuestra sociedad que gran parte de ella se droga o se alcoholiza?
  • ¿Qué les pasa a las personas que no les interesa nada verdaderamente profundo, que tienen dificultades para comprometerse y para desarrollar sus potencialidades?
  • ¿Qué sucede con las personas que no tienen valores profundos y genuinos?
  • ¿Qué hay adentro de las personas que, por nada profundo se interesan, sino solo por lo chabacano y trivial?
  • ¿Qué hay en sus corazones que se manifiestan completamente indiferentes ante el sufrimiento del prójimo?
  • ¿Qué es lo que ha pasado para que las personas parezcan simples cáscaras vacías sin vida genuina dentro, como si fueran zombis deambulando por la vida?

La triste y brutal respuesta será:

Ha pasado sobre ellos el tren arrollador de la educación formal, que se los ha llevado por delante y los ha aplastado casi hasta que no quede nada genuinamente vivo en sus corazones. Y lo peor, es que los niños y adolescentes han sido puestos en las vías del tren por sus mismos padres. ¿Cómo desconfiar de ellos dado que, supuestamente, nos aman?

Hugo Landolfi
Filósofo

Pero, en verdad, lo que sucede con nuestros alumnos nos interpela a nosotros, los adultos, los que somos padres y maestros, los que tenemos la responsabilidad social de reflexionar críticamente sobre estas importantísimas cuestiones:

  • ¿Por qué, los padres, profesores y la sociedad toda, seguimos avalando que nuestros hijos pasen gran parte de los años formativamente más importantes de sus vidas, dentro de un sistema tan perverso, que es casi un sistema de brutal adiestramiento pautado?
  • ¿No nos interesa el tema o no nos atrevemos a mirar al oscuro abismo de la educación actual donde nosotros mismos hemos colocado a nuestros hijos?
  • ¿Será que no podríamos con nuestra culpa si advirtiéramos que, como padres o maestros, estamos y estuvimos radicalmente equivocados?
  • ¿Nos gusta seguir viviendo bajo un estado de ilusión tranquilizadora?
  • ¿Vivimos vidas tan triviales y superficiales que ni siquiera pensamos en ello?

Personalmente no creo que, en general, se trate de ello, es decir, que se advierta como problemática la educación actual sino que, como personas, estamos convencidos en los valores que propone lo que voy a dar en llamar la educación bonsái.

La educación bonsái

¿Qué es la educación bonsái? Ante todo, recordemos que el arte del bonsái es una técnica japonesa para cultivar plantas de todo tipo, pero fundamentalmente árboles que estén llamados, por su propia naturaleza, a ser grandes y espectaculares. Dicha técnica, mediante estrategias de poda, pinzado y modelado, permite reducir el tamaño natural de tales árboles, generando una versión reducida e híbrida, casi caricaturesca, del mismo. Se trata de una versión de mano, para mostrar como fruto propio del titánico esfuerzo que hemos hecho para transformar, lo grandioso que podría haber sido, en una versión de juguete. De este modo, el frondoso, vital y seminal roble que pujaba por ser es, ahora, tratado mediante las técnicas del bonsái desde la misma semilla, un roble de juguete, bizarro, impotente, un roble que apenas se encuentra sobreviviendo, casi sin tierra ni nutrientes, en una pequeña macetilla de mano.

Alumnos para exponer en vidrieras

Se lo expone en vidrieras como el fruto exitoso del dominio y modelado humano sobre la naturaleza, en función de una idea preconcebida, sobre lo que podría haber sido. Y no hay problema, para nosotros, en que tales técnicas se apliquen al reino vegetal, pero sí se presenta un grave problema cuando técnicas similares de dominio, hibridación, podado y brutal modelado, se aplican al ser humano. ¿No es eso, acaso, lo que sucede con la educación de hoy? ¿No tenemos una educación bonsái, que solo se ocupa de transformar a posibles seres humanos, seres que están llamados a ser lo que las grandiosas posibilidades que su esencia individual propone, en versiones de juguete, híbridas y disminuidas de los mismos? ¿No van por la vida los padres y los maestros acaso, como el orgulloso maestro del arte bonsái, mostrando en su macetilla a su propio hijo o a su propio alumno, orgullosos de haberlo amoldado y modelado en función de una idea preconcebida a priori por ellos, idea que nada o poco tiene que ver con lo que en verdad ese ser humano en particular se encuentra llamado a ser?

Seres humanos bonsái

La cruda realidad es que la educación actual genera seres humanos bonsái, seres humanos que son una versión reducida de lo que podrían haber sido, versión que ni siquiera son ellos mismos. Se comete un atropello, casi un crimen, cuando se toma a un ser humano en edad de formación y se lo somete a un sistema de moldeado fundamentado en ideas preconcebidas, ideas que no tienen en cuenta lo que cada ser humano se encuentra llamado a ser. De este modo, se lo transforma en una versión sin alas de sí mismo, en una variedad de maceta, mayormente híbrida, que se sabe íntima y profundamente recortado.

Medicar al alumno que molesta

Y, por supuesto, si el niño o adulto se resiste a las podas y pinzamientos habituales, la medicación psiquiátrica vendrá en ayuda, solicitada a gritos por muchos padres y recomendada por profesores a quienes estos niños “molestan”, porque no se adaptan a la tranquilidad ya adiestrada de la media de los alumnos.

Porque el roble bonsái nunca sabrá nada respecto del frondoso roble que podría haber sido, pero el adulto en versión reducida producto de la educación de hoy siempre sentirá, en lo profundo de su corazón, que lo que podría haber sido aún duerme dentro de él, que lo que a él en verdad le importa no ocupa una porción preponderante de su vida, que sus cuestionamientos más profundos sobre la vida aún siguen dando sordos tumbos en las insondables profundidades de su alma.

¿Cuánta distancia existe entre vidas adultas tales y la caída en la alienación que proveen, por ejemplo, los entretenimientos variados de la vida contemporánea y las drogas que nos ayudan a alejarnos, muy razonablemente, de la intolerable angustia que habita en nosotros por ser íntimamente conscientes de que nuestra vida no encuentra un fundante y sólido sentido?

La educación y el sentido de la vida humana

Porque la vida humana con sentido es siempre una vida humana que es capaz de reconocer su valor genuino como ser humano y su lugar propio en el universo, y que advierte y puede desarrollar, en diferentes medidas, las potencialidades y dones con los que fue creado. ¿No implica tácitamente, acaso, la misma idea de modelado implantado desde la exterioridad de la persona, que no hay nada o casi nada en ella misma que valga la pena de ser desarrollado y que, por ende, se le debe moldear desde afuera?

La idea más brutal que la educación actual deja implantada en el corazón de los hombres es esta: que no valemos nada, que nada hay en nosotros que merezca cuidarse y ayudarse a crecer.

Hugo Landolfi
Filósofo

Y que, por eso mismo, para llegar a ser algo valioso, hay que transformarse, dejar de ser lo que en verdad somos y estamos llamados a ser, y adoptar una forma humana ajena y extraña, implantada a la fuerza sobre nosotros. Cuando, como adultos bonsái, se nos diga:

–¡Muy bien, ahora vales algo!

En la interioridad de nuestro corazón sabremos que ese valor es ficticio y que, si hay algo que realmente vale en nosotros, ese algo aun duerme dentro nuestro. En ese pujante y aniquilador drama vive el adulto de hoy, socialmente aplaudido en tanto más se transforme en alguien que no es, y es la educación formal la que lo ha conducido hasta allí.

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