El escritor Ray Bradbury, en su famosa obra Fahrenheit 451, se mostraba altamente preocupado por el futuro de los libros dado que, en la sociedad futurista donde se desarrollaba la historia de tal libro, los mismos eran quemados por bomberos que trabajaban a las órdenes de un gobierno que los consideraba una amenaza. Fahrenheit 451 es, por cierto, la temperatura a la que arde el papel. Para que los libros tuvieran que ser quemados, tenían que ser considerados, a la vez, importantes, porque el grado de amenaza que los mismos constituían para ese gobierno que mandaba quemarlos implicaba que los libros tenían una importancia y una influencia sobre la población de carácter altamente significativo. Por eso mismo había que quemarlos.

Libro Psicología, Filosofía y Educación de Hugo Landolfi

Hoy en día ya no hace falta quemar los libros. Los mismos duermen ignorados en las bibliotecas y en las librerías frente a la mirada indiferente de la mayoría de la población que se encuentra preocupada en contemplar embelesada la tonta pantalla de su teléfono celular. Ya los libros no importan y no hace falta quemarlos. No tienen nada para decirnos. Corren una suerte mucho peor que los libros quemados de Ray Bradbury: son enteramente ignorados. Ya ni siquiera se los considera amenazantes porque la gente no los lee, y porque no los leen no enriquecen su pensamiento, sino que sólo llegan a repetir consignas que ni siquiera se comprenden. ¿Quién necesita un libro en la era de la repetición de ideas que no se comprenden, tal como nos enseñó a ejercitar la educación formal actual?

En educación usualmente se escucha decir: “los chicos ya no leen”, lo cual no es necesariamente cierto puesto que la educación formal les ha enseñado a leer a los aprendices sólo en forma obligada, forzada, sin poder disfrutar de una manera mínima y esencial la lectura de un libro y sin que ese libro pudiera ser considerado un medio para responder preguntas que el alumno tuviera. Es decir, cuando se dice: “los chicos ya no leen”, lo que se está queriendo decir es: “los chicos ya no leen por sí mismos” o, dicho de otra manera, “los chicos ya no leen sino son obligados a hacerlo”. Curiosamente, la educación formal actual, de punta a punta, es decir, desde el inicio de la misma hasta su finalización, sólo consiste en obligar a los alumnos a leer aquello que no les interesa. Luego, curiosamente, nos preguntamos: ¿Cómo es que sucede que los alumnos no leen por interés propio? Dado el modo cómo funciona la educación formal actual, que funda la lectura de los alumnos en la obligatoriedad y en la punición, el resultado más natural, luego de muchos años de entrenamiento en tal sentido, consiste en generar alumnos que no solamente detesten la lectura, sino también que solamente lean cuando están obligados a hacerlo. Por eso nosotros sostenemos que es la educación formal misma la principal responsable que los alumnos no lean y que los adultos tampoco lean. Esa responsabilidad viene de la mano de la imposición de hábitos a través de los docentes, los cuales son la mano verduga, nunca inocente, de todos los atropellos que en tal educación sistemática se cometen.

El problema se agrava porque los docentes tampoco leen, sino que ellos encarnan con maestría el paradigma de la repetición de una supuesta información que ni siquiera se comprende. El típico docente de hoy es un mero lorito amaestrado vestido bajo las apariencias del saber. Son una excepción los docentes que leen realmente porque les interesa algún tema, más allá de lo que tienen que leer para repetir diariamente en su monótona clase frente a sus alumnos en la escuela típica de la educación formal.

Se pretende que los niños o los adultos lean y amen la lectura cuando sus mismos docentes la detestan, cuando sus mismos docentes son meros repetidores seriales de ideas, de conceptos, de titulares y de consignas culturales que ni siquiera comprenden. Se les pide a los chicos y adolescentes que hagan los que sus docentes nunca hicieron. Se les pide a los niños, a los adolescentes, y a los adultos egresados de la educación formal que lean y que amen la lectura cuando se los hizo pasar a través de un sistema educativo donde sus verdugos maestros detestaban profundamente la genuina lectura por simple amor a la misma, por amor al saber, o por el simple disfrute de un ejercicio intelectual.

Esto sucede porque, contrariamente a lo que habitualmente se cree, lo que con más intensidad transmite un docente, un maestro, un padre o una madre, no es tanto lo que dice sino más bien lo que hace. Es decir, tiene más impacto en los alumnos o en los hijos aquellos hábitos existenciales de los docentes o de los padres, hábitos que los alumnos aprenden a leer y a descifrar bajo la forma de la contemplación cotidiana de los que los docentes o los padres hacen, a diferencia de todo aquello que se les diga con meras palabras, repitiendo consabidas ideas ilustradas con gráficos en un hermoso pizarrón.

El docente, al igual que el padre, transmite principalmente lo que él es, es decir, la persona que él es, lo que él ama o lo que detesta, lo que le apasiona y lo que no, sus amores y sus odios, y es esto lo que, transcurriendo por canales subterráneos que muchas veces no son visibles a la mente positivista que todo lo mide y que todo lo mensura, se transmite con primacía a los aprendices. Más allá de las palabras sepulcralmente repetidas, los aprendices son sensibles a la recepción de una serie de hábitos, de modos de vida, de pasiones o de odios, que quedan profundamente impregnados en ellos, tal vez de modo inconsciente.

Profundizando en las secuelas que general la educación formal respecto de la lectura

Es importante reflexionar que, cuando decimos que los chicos o los adultos no leen, tal vez no estemos tomando conciencia de la verdadera magnitud que el problema de la no lectura, generado por la educación formal, ha producido. ¿Es admisible que sostengamos inocentemente que sola y sencillamente estamos frente a un simple problema de una falta de hábito respecto de la lectura o es que en verdad hay algo más detrás de este problema?

Para analizar en profundidad este punto debemos primeramente preguntarnos: ¿Qué le sucede a un ser humano cuando es sometido, desde pequeño y en forma altamente reiterada, al ejercicio forzado de una actividad que detesta la cual, si no la ejercita como se espera, se lo castiga? Hacemos esta pregunta porque nuestra experiencia personal con adultos que no leen nos hace sospechar que en ellos hay algo mucho más profundo que la falta de un hábito respecto de la lectura, lo cual nos lleva a considerar la posibilidad de que puede haber algún tipo de mecanismo psicopatológico oculto, tal vez inconsciente, constituido en la psiquis de la persona, que le esté dificultando su acceso a la lectura.

Es bien sabido que la exposición constante del ser humano a actividades que detesta, exposición que pudo fundarse en la obligatoriedad forzada y punitiva, tal como sucede con la lectura dentro de la educación formal actual, es bien sabido, decíamos, que tan exposición forzada ante algo que se detesta puede generar, con cierto grado de seguridad y de intensidad en la psiquis de la persona, un mecanismo evitativo que vaya mucho más allá de los canales conscientes o racionales de tal persona.

Tales mecanismos evitativos naturales frente a lo que se detesta pueden consolidarse y cristalizarse, en base a una repetición constante y programada de los mismos, en mecanismo fóbicos los cuales tendrán usualmente una raigambre profundamente inconsciente. Tales mecanismos inconscientes van mucho más allá de la simple actitud evitativa ocasional porque se han cristalizado en la psiquis para permanecer allí intemporalmente e impiden a una persona acercarse a determinado objeto o estímulo de forma automática sin que medie un razonamiento o una actividad consciente para ello.

¿No estaría presentándose este mecanismo fóbico recientemente mencionado en un adulto que no lee y del cual decimos, sencillamente, que no lee porque no tiene el hábito de la lectura? Es altamente probable que su problema no sea un sencillo problema de hábitos sino un problema de una implantación fóbica frente a la lectura debido al constante sometimiento del mismo a una actividad obligatoria en la forma en la que lo hemos analizado.

Si así son las cosas, la solución a este problema es mucho más compleja de lo que a primera vista pudiera considerarse, porque si se tratara solamente de una cuestión de hábitos, sencillamente una persona podría tratar de incorporar el hábito de la lectura haciendo un esfuerzo voluntario inicial para que, al cabo de un cierto tiempo, el hábito vaya instalándose de modo que la lectura comience a ser algo habitual en la vida de esa persona y le cueste cada vez menos esfuerzo ejercitarla. Pero si lo que sucede en realidad es que en la persona se ha constituido una fobia inconsciente a la lectura, la resolución de esa fobia ya no será una cuestión sencilla, o una cuestión de voluntad de la persona, o una cuestión de hábitos o algo similar.

Sinceramente creemos que las secuelas que deja la educación formal en un ser humano son gravísimas, y que muchas de ellas tienen un impacto psicológico notable. Esto se contrapone a que, muchas veces, en la cultura actual, se den explicaciones superficiales y muy limitadas a los problemas que genera la educación actual como por ejemplo, el problema que estamos tratando de la falta de lectura en los adultos. En base a lo que venimos sosteniendo podemos sospechar que no es una cuestión de voluntad, ni es una cuestión de hábitos, sino que es una cuestión que seguramente radica en una fobia cuidadosamente implantada en la psiquis de los pequeños alumnos que entran a la educación formal desde muy pequeños y que, a lo largo de los tantos años en que fueron sometidos a esa obligatoriedad lectora de lo detestado, el mecanismo evitativo que siempre se hace presente ante ese ejercicio, mecanismo evitativo que no podría nunca en términos psicoanalíticos ser admitido a la conciencia porque también se le dice al alumno que es bueno que el alumno lea, conjuntamente con el hecho de que los premios están relacionados con la lectura y con la consecución de las buenas notas relacionadas con la misma, entonces, es razonable que ese mecanismo evitativo se haya tornado inconsciente a través de una fobia que será seguramente lo que en el momento actual y presente de la vida del adulto le impida leer.

Sostenemos esto, además porque, en nuestra experiencia como docentes, podemos usualmente advertir que hay mucho más que una simple y sencilla cuestión de hábitos en las personas que no leen o que no tienen el hábito de la lectura. También advertimos que muchas de ellas hacen usualmente mucho esfuerzo por querer leer pero que hay algo en ellas, tal vez un mecanismo oculto inconsciente, que les impide sistemáticamente acercarse con plenitud, con alegría, con gusto, a un libro.

Si esto es así, es decir, si nuestra tesis al respecto del problema de la lectura en los adultos es al menos verosímil, la sencilla solución voluntarista de habituarnos a la lectura será enteramente insuficiente e incapaz porque estará errando completamente el diagnóstico del problema. Esto implica que ha de sostenerse una solución relacionada con una intervención psicoterapéutica de mediano a largo plazo, lo cual será la única intervención que podría dar lugar a tener esperanzas de hallar una solución a este grave problema.

Referencias:

Landolfi, Hugo, “Educación para la fragilidad”, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2015.

Landolfi, Hugo, “Psicología, Filosofía y Educación”, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2017.