Introducción:

Hannah Arendt nos enseñó que un ser humano no debe desatenderse de los resultados que genera un sistema del cual forma parte. Habiendo estudiado y analizado detenidamente la personalidad del teniente coronel de la organización SS nazi Adolf Eichmann, en ocasión de ser juzgado en Jerusalén por sus crímenes durante la segunda guerra mundial, la filósofa acuñó la expresión “banalidad del mal” para identificar la actitud humana de comportarse como un mero y ciego engranaje dentro de un sistema humano, desatendiéndose de los resultados del mismo como si no tuviera ninguna responsabilidad respecto de tales resultados. Resulta que Eichmann fue un cuidadoso y celoso organizador de la logística que condujo a millones de judíos a las cámaras de gas, al mismo tiempo que se limitó a defender sus actuaciones, desatendiéndose de sus resultados genocidas, mediante la sencilla explicación de que solo seguía órdenes de sus superiores. Tal actitud “burocrática”, en consideración de Arendt, no escondía una profunda perversidad o una radical maldad, como pudiera creerse a primera vista, sino que consistía en una mera actitud banal de desatenderse de las consecuencias de sus propios actos, como si un hombre pudiera, por simple decisión personal, transformarse en un mecánico engranaje carente de responsabilidades dentro de la máquina de la cual tal engranaje forma parte.
Cuando hablamos de banalidad, dentro de los usos habituales del término, hablamos de actitudes superficiales e insustanciales. Esto nos lleva a nosotros a tender a asociar a lo banal con actitudes carentes de sentido humano porque, justamente, el ser humano adopta y practica actitudes superficiales e insustanciales cuando las mismas carecen, para él, de sentido último. Pero “carecer de sentido” no implica aquí carecer de un vínculo a un fin determinado, dado que las actitudes de Eichmann claramente se orientaban a cumplir el fin contenido en las órdenes recibidas por parte de sus superiores, sino que para nosotros “carecer de sentido” implica una desconexión y desordenación de las actitudes inmediatas de la persona para con el fin último de la vida del ser humano en tanto creado por Dios. Advertimos aquí las dificultades que puede tener para el lector agnóstico o ateo la consideración de nuestra posición, pero sostenemos que todo lo humano termina transformándose en banal si la vida humana carece de un fin último trascendente al cual pueda ordenarse. Sin un fin último trascendente, toda actividad humana se reducirá a ser una nota musical vacía, un ruidoso silencio intrascendente dentro del concierto cósmico dirigido por y hacia la nada.
Esto implica que, para nosotros, será carente de sentido, es decir, banal, vacía e irrelevante, toda aquella actitud humana que, consciente o inconscientemente, niegue o se encuentre desconectada o en estado de desorden respecto del camino que el ser humano creado ha de recorrer para volver al Creador. Es decir que, sencillamente, decimos que carece de sentido o que es banal el mero estar fuera del camino hacia Dios. Esto implica que existe una íntima conexión entre las actitudes banales y carentes de sentido con la alienación humana porque, justamente, el hombre alienado, enajenado de sí mismo, expulsado del centro de la esencia de lo que él mismo es, es aquél que puede vivir despreocupado y anestesiado funcionando como un engranaje ciego dentro de una máquina, sin que importe qué es lo que hace la máquina o cuáles sean sus resultados. Solo puede aceptar reducirse a ser un engranaje quien no sabe quién en verdad es y quien, por ende, desconoce su dignidad existencial. Quien vive de tal modo, debe hacerlo de modo mayormente inconsciente porque tal inconsciencia es el anestésico existencial que habilita al hombre realmente creado a seguir viviendo sin sentir el profundísimo dolor existencial de no saber quién se es y cuál es el sentido de su existencia. El hombre banal y alienado necesariamente debe, para poder atravesar sus travesías diarias a través del campo de la nada, hacerlo de forma inconsciente y anestesiada. Su vida ha de transformarse en esa vacuidad que él mismo habita, siendo que de nada servirán allí las prerrogativas heideggerianas que invitan a abandonar la existencia inauténtica, dado que tal inautenticidad es fruto del modo de concebir la existencia y no a la inversa.
Por ende, alejado de Dios, transitando el campo fútil de la nada, pero con hambre de todo, el ser humano secretamente desesperado solo encuentra como solución, siempre insuficiente, vivir en la inmediatez del resultado material de corto alcance siempre evanescente, motivo por el cual tenderá a desconectarse de los objetivos mediatos y finales de la vida humana, los cuales exceden toda materialidad. Para él, no existiendo nada más allá de lo material y, aun así, poseyendo un hambre de eternidad que lo roe interiormente, vive en la desesperación de tener que contentarse con la insuficiencia material para calmar sus ansias de trascendencia. De este modo, la vida sin sentido y alienada, necesariamente anestesiada mediante la estrategia de la inconsciencia, puede tanto “atizar los crematorios como dedicarse al cuidado de los leprosos” , o puede considerar que “dará lo mismo embriagarse a solas que conducir pueblos”, dado que todo finalmente dará lo mismo, es decir, todo será superficial y vano porque no habrá profundidad alguna en la existencia ni rumbo seguro que seguir: todo será, en definitiva, una simple superficie gris y vacía. Todo éxito mundano desconectado del fin último de la vida humana se transformará, por ende, en la adquisición inmediata de algún resultado que estará condenado a morir en lo inmediato y a limitarse a sí mismo y, de este modo, redundará en la conformación de sistemas humanos que funcionen bajo tales premisas buscando solo tales inmediatos resultados. Bajo tales condiciones, una persona ha de considerarse exitosa, al igual que Eichmann, por la mera eficiencia en hacer llegar trenes repletos de seres humanos a los campos de concentración donde los aguardan las cámaras de gas. Por eso Eichmann era considerado un empleado muy reconocido y admirado dentro de la maquinaria nazi de exterminio, pero debemos tener nosotros mucho cuidado porque todos podemos llegar a ser, o tal vez ya somos, de algún modo, como Eichmann, y nos descubramos participando, generando y sosteniendo inconscientemente sistemas y maquinarias que produzcan personas que sostengan actitudes tales, porque la alienación humana que vive una vida carente de sentido requiere, como dijimos, de una inconsciencia cotidiana como anestésico fundamental frente al profundo dolor que toda vida humana creada sentirá al advertir que vive, justamente, una vida carente de sentido.
¿Dónde podemos advertir, hoy en día, la existencia de un sistema humano donde se obligue violentamente, desde muy niños y durante muchos años, a seres humanos a funcionar al modo en que Eichmann lo hacía, es decir, comportándose como un simple engranaje que sea capaz de repetir o de hacer mecánica e inconscientemente lo que le ordenen, desatendiéndose de los resultados últimos y existenciales de tal accionar, y recibiendo perversamente premios y reconocimientos, tal como Eichmann los recibía, por hacer tales cosas? ¿Qué sistema humano logra, hoy en día, que ingresen por una puerta, a los 3 o 4 años de edad, niños llenos de vitalidad, de preguntas y de cuestionamientos existenciales profundísimos y que, luego de 10 o 12 años, esos mismos niños, transformados ahora en adolescentes, salgan por otra puerta con su vitalidad anestesiada, funcionando alienadamente y actuando bajo las formas de respuestas automáticas a exigencias exógenas, habiéndose aniquilado en su interior todos los cuestionamientos existenciales que allí pujaban por encontrar respuesta? En síntesis: ¿En qué sistema entra por una puerta un ser humano creado por Dios, en camino de desarrollo y despliegue existencial, y sale por la otra un robot alienado, anestesiado y existencialmente extraviado? Tal sistema es el actual ídolo de nuestro tiempo: el sistema formal de educación, el cual es una perversa maquinaria que se ocupa de transformar a todos los que allí asisten en émulos de Eichmann, contando con la perversa complicidad de la sociedad, la cultura, la familia, los docentes y los padres quienes, también émulos del partido nazi que premiaba a Eichmann, se ocupan celosamente de premiar a los niños y adolescentes, tanto más cuanto más se adapten a transformarse en ese engranaje ciego y alienado en el cual el sistema los obliga a transformarse.
El error de Arendt fue no advertir que un ser humano puede funcionar, al modo en que Eichmann lo hacía, no por mera banalidad casual sino solo cuando esa banalidad es el resultado de vivir una existencia alienada y anestesiada por su carencia íntima de sentido, debido a la desconexión de una existencia tal respecto del sentido último que toda vida humana ha de poder poseer en tanto es creada por Dios. Esto implica que en todo lo humano, lo banal o superficial no será nunca una mera casualidad o una simple actitud vital indiferente, sino que será siempre el resultado propio y específico de vivir una vida desconectada del fin último de cada existencia personal, evitando buscar las respuestas a las preguntas existencialmente más profundas que existen en el corazón de todo ser humano creado por Dios.
Curiosamente, el sistema educativo formal actual es un sistema intrínsecamente diseñado para transformar a los seres humanos que lo transitan en seres de vida banal en los términos mencionados, existencialmente alienados, porque se los aleja sistemáticamente de la posibilidad de reencontrarse con el camino que conduce hacia el descubrimiento de la esencia de su existencia personal, y del sentido final y último de sus propias vidas. Una educación genuinamente humana debería, en cambio, ayudar a sus participantes a conducirse hacia una vida humanamente consciente centrada en la interioridad de las propias decisiones libres, y no centrada en la respuesta automatizada a forzamientos exógenos de todo tipo. Aun así, nosotros que también estamos alienados y no advertimos esta calamidad, no solo entregamos a nuestros niños a tal sistema, con la parsimoniosa inconsciencia de perfectos émulos de Eichmann, sino que también aplaudimos y premiamos a nuestros niños y adolescentes cuanto más banales y alienados se vuelven a medida que transitan tal sistema. Así las cosas, salvo que tomemos consciencia y logremos torcer este camino, el futuro de la humanidad se muestra gravemente sombrío.

La vida del ser humano es muy particular. Vive una existencia inconsulta y, un determinado día de esa existencia, advierte que él mismo existe, es decir, llega un día en que despierta a la consciencia personal de existir. Una vez llegado ese día, nada volverá a ser igual porque, concomitantemente con la advertencia consciente de la existencia personal, comenzará paulatinamente a advertir la posibilidad concreta de la pérdida de esa misma existencia. Esta brutal y candente condición humana no tiene escapatoria porque, como mencionamos, el hombre vive una existencia prepotente, es decir, es dueño de una existencia a la cual fue introducido de forma enteramente inconsulta y por la fuerza. En gran parte, en eso consiste el ser creado. Esto implica que nadie le consultó al hombre antes de existir si quería existir porque tal cosa hubiera sido, evidentemente, imposible, debido a que hubiera requerido que el hombre ya existiera para que pudiera serle realizada tal consulta, lo cual implica una contradicción. Además, el carácter inconsulto de la existencia humana señala que el hombre no es existencialmente dueño de su propia vida, entendido esto en el sentido de que hubiera podido darse la misma a sí mismo desde un punto de vista metafísico y no meramente biológico. Esto implica que, más allá del camino de la evolución biológica, el carácter de existente de la existencia humana requiere de otro ser voluntario que, por un lado, sea capaz de hacer pasar algo de la nada al ser y, por otro lado, que haya querido hacerlo en cada caso individual. Por ende, ser creado también consiste en que una voluntad haya querido que cada uno de nosotros existiera.
Una existencia con características tales se encontrará, inmediatamente y en forma enteramente natural, al advertir el carácter de existente de esa misma existencia personal, que el mero hecho de existir es seguramente lo más misterioso y preciado para el ser humano que toma consciencia de su mismo existir. El que advierte que existe, además de sorprenderse cuando repara concienzudamente en ello, no quiere dejar de existir nunca. Y, simultáneamente, al advertir el carácter de existente de su propia existencia, comenzará, en ese mismo momento, a advertir la finitud y la contingencia de la misma a través de algo que en este mundo se nos manifiesta también de forma intensa y prepotente: la muerte, es decir, la posibilidad concreta, ante nuestra conciencia, del acabamiento personal de nuestra propia existencia individual, existencia que valoramos y queremos casi por sobre cualquier otra cosa en esta vida terrena.
La problemática mencionada en la que nos encontramos inmersos todos los seres humanos no es menor y atraviesa de punta a punta nuestra existencia terrenal, a medida que vamos transitando nuestro camino vital por esta tierra. En este sentido, si ponemos en consideración estrategias que sean genuinamente educativas para el ser humano, esas mismas estrategias deben tener como prioritario aquello que es prioritario para la existencia del ser humano mismo, es decir, el carácter de existente de la propia existencia; la consideración de lo que significa existir; la advertencia respecto de dónde surge el valor natural que tiene para nosotros el mismo hecho de existir; y toda la problemática que frente a esto genera el problema de la conciencia de la muerte personal. Evidentemente, si una estrategia genuinamente educativa para el ser humano debe, justamente, ocuparse de enseñarle a ese ser humano a concebir el carácter fundamental de su misma existencia, el carácter de su propia vida, el sentido y significado de la misma y las razones últimas por las cuales la misma no solamente es sino cómo es, una educación genuina, entonces y como mencionamos, debe tener como prioritario todos estos elementos que son fundamentales para la vida de cualquier ser humano. Esto implica que educar es, primordialmente y, ante todo, ayudar al ser humano a vérselas con la realidad de su propia existencia y con las brutales tensiones que la misma contiene. Ser creado en forma inconsulta, adorar la existencia y vivir para la muerte.
Educar genuinamente implicará, por ende, ponerse al servicio del hombre para enseñarle a advertir su propia naturaleza humana y ayudarlo a tomar la misma en sus propias manos para conducirla a su destino propio, con las dificultades propias de una existencia prepotente, amada, desconocida respecto de sí misma, inconsulta y camino a la muerte. Todo lo demás será siempre secundario. Si el ser humano, para ser un ser humano pleno y cabal, no solamente tiene que advertir el carácter existencial de su propia existencia y aprender a vérselas con la misma, sino también aprender a descubrir quién es él mismo individualmente considerado, para poder desplegarlo en el mundo, porque ha sido creado por una voluntad heterónoma que le dio una esencia individual específica, podemos decir que todo aquello que se considere educativo desde un punto de vista genuinamente humano no podrá, si no, tener estas cuestiones como altamente prioritarias.
No es difícil advertir que la educación formal actual trata respecto de una grandísima cantidad de temas entre los cuales difícilmente encontremos algunos de los temas prioritarios mencionados. Esto implica que la educación formal actual es próspera en tratar temas completamente irrelevantes para el ser humano. El sistema educativo formal, que de genuinamente educativo no tiene casi absolutamente nada, sino que se trata de un mero sistema de adiestramiento pautado de seres humanos para que, a través de tal adiestramiento, se transformen, cada vez, menos en seres humanos y cada vez más en máquinas y autómatas, deja sistemáticamente de lado las cuestiones primordiales y fundamentales de la existencia recientemente mencionadas. Al hacer esto, condena al hombre al sinsentido existencial y a la alienación de la propia vida personal e individual, y a la mencionada banalidad, como ya hemos mencionado.
Al manifestar tales estrategias, es decir, al consolidar, la actual educación formal, caminos que se encuentran muy alejados de ayudarle al ser humano a lidiar con su modo particular de existir y con el descubrimiento de las potencialidades y dones personales, tal sistema de educación obvia y deniega el acceso al descubrimiento de la fuente de valor más genuina del ser humano, la cual es su esencia individual creada. Al hacer eso, lo condena a participar de situaciones laborales y de otro tipo donde no tiene, usualmente, mucho valor para ofrecer, motivo por el cual lo condenará a una pobreza material mucho más significativa que la riqueza material que surgiría del descubrimiento de los dones personales, y del despliegue laboral de los mismos, realizado a través de un proyecto laboral existencial fundado en el carácter valioso y específico de la esencia individual desplegada bajo la forma de productos y servicios de altísima calidad que ayuden a disminuir la escasez y la pobreza del mundo.

El yo que se vislumbra a sí mismo como existente, y aquí cabe aclarar que no nos referimos al yo en tanto instancia psicológica sino a la conciencia personal respecto de uno mismo, advierte también, luego de advertir que existe, como anteriormente mencionáramos, que existe de un determinado e individual modo, que ha sido puesto en la existencia en un determinado lugar y junto a determinadas personas, y que eso se ha realizado dotándolo de particularidades biológicas individuales que, de algún modo, le impiden, al tener esas particularidades, el no poder tener otras. Al advertir todo esto también se encuentra, el ser humano, con un aspecto limitante de su existencia que se corresponde con la finitud suya como ser humano existente. Esa finitud, ya no se relaciona con el aspecto vinculado a su limitación, en tanto ser existente, sino a sus limitaciones individuantes como ser humano particular, las cuales también debe aprender a aceptar y a vérselas con ellas. Es decir, el ser humano debe, en primer lugar, aprender a aceptarse a sí mismo en su finitud y contingencia y, en segundo lugar, debe aprender a aceptar sus particularidades individuales.
De este modo y bajo la perspectiva mencionada, el ser humano podría preguntarse cosas tales como: ¿Por qué nací aquí, en este país, y no en otro? ¿Por qué he nacido de esta familia y no de otra? ¿Por qué tengo esta cara y este cuerpo, estos pensamientos e intereses que no me he dado mí mismo, y no otros? Este tipo de genuinos cuestionamientos pueden ampliarse notablemente y todos ellos señalan, como tema común de fondo, la necesidad de cada ser humano de solucionar el problema de su particular modo de existir individual, siendo, no solo de un determinado modo sino también, al serlo, advertir que no puede llegar a ser de otros modos. Esto debemos considerarlo en el sentido de aprender a aceptar esa individualidad que, por ser tal, no es otra diferente que la persona podría añorar. ¿Por qué yo soy yo y no soy otro más deseable?
Este tema no es menor para la existencia de cualquier individuo porque vivimos en un mundo donde todo lo otro, especialmente las personas, juntamente con sus dones y potencialidades específicos, se nos aparecen como un catálogo de opciones cuyos modos de ser bien podríamos desear para nosotros mismos, pero advirtiendo, al mismo tiempo, que nunca podríamos serlo, aunque nos pasemos gran parte de nuestra vida intentando ser otros. Aprender, no a conformarse, sino a aceptar plenamente un modo de existir concreto es, por ende, tarea también esencial para cualquier estrategia educativa que se consolide como genuinamente humana.

La labor docente, considerada a la luz que lo que venimos diciendo respecto de una educación genuinamente humana, debe ser, entonces, enteramente replanteada, porque no es difícil advertir que la docencia actual se encuentra, casi en toda su extensión, compuesta por personas que no se encuentran orientadas hacia los objetivos educativos que aquí planteamos. Esto genera un grave problema debido a que es menester plantearnos el lugar que podrían tener tales actuales docentes y maestros, si es que lo tuvieran, bajo las nuevas formas educativas que nosotros proponemos como indispensables para el ser humano.

En función de lo que venimos diciendo, en el presente texto intentaremos abordar una serie de cuestiones que estarán centradas y que girarán alrededor de dos temas principales. El primero de ellos consistirá en considerar a la educación formal como un estamento indispensable para condicionar al ser humano adulto que haya pasado por tal sistema, a vivir una vida mayormente carente de sentido existencial y último. El segundo tema consistirá en buscar las causas a través de las cuales la misma mencionada educación formal, al invalidar al ser humano de diversos modos, lo transforma, en términos materiales, en más pobre que lo que podría ser si en vez de estar invalidadas sus potencialidades y dones más profundos, los mismos hubieran podido ser desplegados en el mundo, especialmente a través de un proyecto laboral personal y propio.
Estos temas se vincularán con otros temas derivados de los dos temas principales mencionados, como son el análisis del tipo de docente que se necesitaría para una educación genuinamente humana como la referida, comparado el mismo con el actual docente típico de la educación formal; el tratamiento derivado de temas como el bullying como algo necesariamente derivado de las formas de la educación formal actual y otros temas similares.